
No sabría decir a ciencia cierta cuál ha sido la época más feliz de mi vida. Podría decir la infancia pero ¡es tan fácil ser feliz cuando casi nada depende de ti y no tienes libertad para elegir tu vida! Tal vez debería afirmar que la adolescencia porque ya era un poco más dueña de mí misma, pero ¿para qué te sirve la libertad cuando te hallas extraviado en mitad del camino sin saber quién eres ni qué hay tras la próxima curva ni si te confundiste en el último cruce?
Quizá lo que más calmara mi incertidumbre sería decir que la época más feliz es la actual y autoconvencerme y dormir tranquila y conforme por las noches. Pero no poseo la certeza y nunca he sido capaz de convencerme a mí misma de lo que no tengo por seguro. Por otro lado, pensar que es así implicaría inevitablemente un miedo a perder esa felicidad que no estoy muy dispuesta a sobrellevar.
No soporto a la gente superfeliz, que asegura que su vida ha sido un camino de rosas, ni a la absolutamente desgraciada, que se pasa el tiempo llorando y lamentándose por lo infeliz que es. Creo que en mi vida ha habido muchos momentos felices y muchos tristes y que nadie es plenamente feliz o infeliz, quien asegura serlo te está mintiendo o bien trata de mentirse a sí mismo por algún motivo.
Lo que sí puedo afirmar es que cuando la suerte me ha sonreído he disfrutado de la vida al cien por cien y cuando he tenido que llorar también lo he hecho con intensidad. No he hecho todo lo que quería ni he tenido todo lo que quería, y he hecho cosas que nunca hubiera esperado hacer. He bailado, he aprendido, he esquiado, he evolucionado, he jugado, he navegado, he celebrado, he cocinado, he patinado, he dormido, he lamentado, he bordado, he bebido, he trabajado, he escrito, he comprado, he estudiado muchísimo, he estado orgullosa de mí misma pero, por qué negarlo, también me he arrepentido de algunas decisiones. Creo que cuando la gente asegura que no se arrepiente de nada de su pasado no dice la verdad. Todos tenemos algo de qué arrepentirnos. Todos hemos hecho una elección equivocada en algún momento de nuestra vida, todos nos hemos perdido, todos hemos traicionado o nos hemos dejado traicionar sabiendo que sucedería, todos hemos perdido el camino para después regresar a él varios kilómetros más adelante. A mí me gustaría poder cambiar algunas cosas de mi pasado. Si volviera atrás no tomaría las mismas decisiones en ciertos momentos. Sin embargo es imposible volver atrás, porque la vida es un camino sin retorno, que se hace una sola vez y que a pesar de todos los errores, es nuestro camino. Me hago responsable de todos mis errores, los asumo, cargo con sus consecuencias y lo único que puedo hacer al respecto es tratar de no repetirlos.
He vivido momentos muy felices en mi vida como ya he dicho, sin embargo creo que los mejores no son los que he vivido físicamente sino los que han existido sólo en mi mente durante esas horas, miles y miles de horas, que he pasado con un libro en las manos. Es algo que me parece muy curioso: los niños de ahora no leen porque a quien lee se le considera raro y antisocial (cuando, por el contrario, quien lee es quien más se preocupa por comprender su sociedad y su mundo) y, por lo tanto, no creo que lo que viven físicamente difiera de lo que viven mental y espiritualmente. La gente en la época actual no es intelectual ni espiritual.
La lectura es lo más perdurable que ha habido en mi vida junto con el amor de mis padres y mis abuelas.
Cuando era niña mi abuela nos llevaba a mi hermana y a mí al parque a jugar muchas tardes después de merendar y hacer los deberes del colegio. Ella iba a jugar con las otras niñas y se peleaba con ellas por una Barbie y jugaba al voleibol y a las canicas y saltaba a la comba. Yo entraba en la biblioteca de al lado y hablaban conmigo Enid Blyton y Alfred Hitchcock, Neruda y Bécquer, Gloria Fuertes, Emilio Salgari, Juan Ramón Jiménez el poeta, y soñaba con ser Jorgina en Los cinco y con ser la forma etérea que perseguía Gustavo Adolfo y la Marisombra de Neruda y con formar parte de la tripulación del Tigre de Malasia y surcar los mares a su lado y abordar las naves de los perros ingleses.
Durante las numerosas noches de insomnio de mi infancia un libro me acompañaba y escondida bajo las sábanas gastaba pilas y pilas iluminando las páginas porque mi madre, enfadada, me exigía que me acostara, e iba al día siguiente al colegio con los ojos enrojecidos y cara de hecha polvo y mi madre no entendía cómo era posible que le pidiera tantas pilas de linterna.

Más tarde, en el instituto, aprendí a falsificar su letra y su firma:
"Querido profesor de Educación Física:
Mi hija ha pasado la noche muy enferma vomitando, por lo que le agradecería que la eximiera de la clase de hoy.
Atentamente: Carmen Martínez".
No podía comprender cómo era posible que nos hicieran correr y saltar cuando podíamos imaginar que corríamos en las Olimpiadas o que saltábamos de barco a barco con una espada en las manos o que cabalgábamos a lomos de Babieca dando lugar a una leyenda.
Me libraba de una de cada tres clases de esa asignatura y me iba a la biblioteca, donde devoraba una novela tras otra y también algunos libros de poesía.
Recuerdo que a esa edad empecé a cansarme un poco de los escritores nacionales y me pasé a la literatura internacional. Mi preferida fue la francesa y los personajes de Stendhal, Balzac y Flaubert se convirtieron en mis acompañantes durante esas horas y admiré los versos de los poetas malditos (Baudelaire y Verlaine sobre todo) y pasaron a formar parte de mi alma. Mi preferido fue Dumas a pesar de saber que empleaba negros, y leí tres veces Los tres mosqueteros y a veces deseé ser D'Artagnan por su inteligencia, en otras ocasiones Aramis porque era hermoso y en otras Richelieu o Milady porque eran deliciosos en su perfidia y el duque de Buckingham siempre me pareció un rancio. Con El conde de Montecristo dormí en la mazmorra del castillo de If con Edmond Dantès y lloré con él la traición política del capitán Leclère y la traición sentimental de Fernando y Mercedes, y regresé a París con él para vengarme, descubriendo al final que la venganza no alivia el dolor por la traición.
Mucha gente cree que la lectura está relacionada con una clase social determinada o depende de los estudios realizados. Mi padre no realizó estudios porque fue un rebelde y no le dio la gana, sin embargo en la cabecera de su cama nunca falta una novela y ha leído a Shakespeare y a Cervantes y a Sófocles y cuando no le apetece nada de eso lee a Agatha Chistie.
En mi casa siempre hemos hecho los regalos en Navidad, aunque para Reyes no hay año que no caiga algún detalle para cada uno. Hoy no sabía qué comprarles. Y pensando y pensando he descubierto cuáles han sido los mejores momentos de mi vida y me he dado cuenta de que debe ser cosa de familia porque creo que para ellos los momentos que han pasado leyendo también han sido maravillosos. Así que he decidido comprarles un libro. Porque en un libro el espíritu trasciende la materia. Porque un libro parece poco y es mucho. Porque los mejores perfumes se venden en frascos pequeños.